Cuando me fui a la barra, a pedir una copa, el chico se me acercó.

Me dijo:

-¿Por qué diablos crees que tienes derecho a estar triste?

No contesté. Los hombres me suelen dar asco. Me parecen cromañones sin sentimientos, guarros, egoístas y sin cerebro.


Pero cuando los veo derrotados, enamorados, me parece que, en la Tierra, no se puede hallar mayor poesía.

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